ANA LUZ SOLÍS: CUANDO UNA PERIODISTA NECESITÓ LA SOLIDARIDAD DE SU COMPAÑERA Y ENCONTRÓ SILENCIO
- notiexpres2021
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Por Ramón Rivero González
La escena tenía todos los elementos para hablar de protección a periodistas. Autoridades estatales, representantes de la Fiscalía, organismos relacionados con derechos humanos y comunicadores reunidos alrededor de una preocupación que en Guanajuato, como en buena parte del país, hace tiempo dejó de ser secundaria: qué hacer para que ejercer el periodismo no signifique quedar indefenso frente a una amenaza, una agresión o un abuso de poder.
Pero María Antonieta Herrera llevó aquella conversación hacia un sitio bastante más incómodo. Porque esta vez el reclamo no terminó solamente frente a las autoridades. Alcanzó al propio gremio y, particularmente, a una periodista que había compartido con ella una historia que años atrás las colocó del mismo lado: Ana Luz Solís.
Los antecedentes importan para entender la dimensión del señalamiento. María Antonieta Herrera y Ana Luz Solís estuvieron involucradas en aquel episodio ocurrido durante la administración municipal de Luis Alberto Villarreal en San Miguel de Allende. Lo sucedido trascendió públicamente, provocó la intervención de organismos defensores de derechos humanos y convirtió a ambas periodistas en parte de un mismo caso. En aquellos días la solidaridad parecía sencilla de comprender: dos comunicadoras frente al poder y un gremio dispuesto a reclamar respeto para el ejercicio de su profesión.
Pero los grandes principios suelen ser bastante cómodos mientras permanecen escritos en un comunicado.
La verdadera prueba comienza después.
Cuando desaparecen las cámaras.
Cuando pasan los años.
Cuando ya no existe una fotografía que tomarse.
Cuando acompañar significa acudir, sostener, declarar y permanecer.
Y precisamente ahí María Antonieta acaba de colocar una enorme interrogante.
De acuerdo con lo que hizo público, la carpeta relacionada con aquellos acontecimientos terminó prescrita en agosto de 2025. Herrera asegura que intentó darle seguimiento, que buscó conocer qué había sucedido y que no fue notificada efectivamente sobre la conclusión del procedimiento. Pero entre las explicaciones que recibió apareció un elemento especialmente delicado: la falta de declaración de Ana Luz Solís.
Ahí cambia todo.
Porque Ana Luz no era una periodista que hubiera escuchado hablar del asunto desde lejos. Había estado involucrada en aquellos acontecimientos. Compartió con María Antonieta una parte de esa historia y conocía perfectamente aquello que estaba en juego.
Entonces la pregunta no necesita demasiados adornos:
¿Por qué no declaró?
¿Qué ocurrió entre aquellas dos periodistas después de que las fotografías dejaron de mostrarlas dentro de una misma causa? ¿Hubo un distanciamiento personal? ¿Surgieron diferencias profesionales? ¿Ana Luz consideró que su participación había terminado? ¿Existió alguna circunstancia que le impidiera presentarse? ¿Pensó que su declaración ya no era necesaria? ¿O simplemente decidió que el problema de María Antonieta había dejado de ser también suyo?
No conocemos la respuesta.
Pero sería bueno conocerla.
Sobre todo porque existe un dato que vuelve mucho más difícil mirar hacia otro lado.
Ana Luz Solís no solamente es periodista y dirige News San Miguel. Actualmente ocupa una representación de periodistas dentro del Consejo Estatal de Protección a Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas de Guanajuato.
Y entonces la ironía casi se escribe sola.
Porque estamos hablando de alguien que hoy forma parte precisamente de un organismo construido alrededor de conceptos como protección, acompañamiento, prevención y defensa de quienes ejercen el periodismo. Una periodista que ocupa una silla destinada a representar a otros periodistas cuando enfrentan situaciones capaces de vulnerar el ejercicio de su profesión.
Nada de eso demuestra, por supuesto, qué ocurrió años atrás.
Pero sí vuelve absolutamente legítima una pregunta:
¿cómo entiende Ana Luz Solís la solidaridad entre periodistas?
Porque una cosa es representar institucionalmente al gremio y otra, mucho más elemental, acompañar a una compañera cuando ésta necesita nuestra palabra.
Tal vez Ana Luz tenga una explicación perfectamente atendible. Tal vez nunca fue requerida en los términos que ahora se supone. Tal vez existieron circunstancias que desconocemos. Tal vez hubo razones personales, jurídicas o profesionales para no declarar.
Que las explique.
Después de todo, los periodistas vivimos de preguntar.
Preguntamos al alcalde por qué no respondió. Al funcionario por qué no compareció. Al diputado por qué faltó. Al fiscal por qué no investigó. Al servidor público por qué dejó vencer un plazo. Nos parece perfectamente legítimo convertir las omisiones ajenas en materia de escrutinio público.
Y lo es.
Lo que resultaría bastante peculiar sería sostener que semejante regla termina exactamente donde comienza nuestro propio gremio.
Si preguntamos por los silencios del poder, también podemos preguntar por los silencios de los periodistas.
Y éste necesita explicación.
¿Por qué no declaraste, Ana Luz?
La pregunta adquiere todavía mayor relevancia porque María Antonieta no la está formulando desde una disputa cualquiera. Habla de un expediente nacido de acontecimientos en los que ambas estuvieron involucradas. No está reclamando que una compañera adoptara su posición editorial, escribiera a su favor o compartiera sus opiniones. Está hablando de algo mucho más concreto: una declaración que, según su relato, no estuvo cuando el procedimiento la necesitaba.
Ahí es donde la palabra solidaridad deja de ser bonita.
Porque la solidaridad de verdad tiene inconvenientes.
Consume tiempo.
Obliga a involucrarse.
A veces incomoda.
Puede significar acompañar a alguien con quien ya no existe la misma cercanía.
Puede incluso obligarnos a respaldar el derecho de una persona con la que tenemos diferencias.
Precisamente por eso vale.
La solidaridad que solamente existe entre amigos no es solidaridad gremial; es amistad. La solidaridad que solamente aparece cuando compartimos adversario tampoco alcanza para convertirse en principio. Y la que exigimos cuando nosotros tenemos problemas, pero administramos cuidadosamente cuando el problema pertenece a otro, tiene un nombre bastante menos generoso.
Conveniencia.
Por eso resulta inevitable preguntarse qué sucedió entre María Antonieta Herrera y Ana Luz Solís.
¿Se rompió algo?
¿Hubo diferencias?
¿Dejó de convenir acompañarla?
¿El paso de los años enfrió aquella causa?
¿O simplemente estamos frente a una historia donde dos periodistas comenzaron juntas y una terminó recorriendo sola el tramo más incómodo?
Ana Luz puede responderlo.
Y probablemente debería hacerlo, especialmente ahora que ocupa una responsabilidad dentro de un organismo dedicado precisamente a la protección de periodistas. No porque ese cargo la convierta en responsable de resolver todos los problemas del gremio, sino porque quien representa una causa adquiere inevitablemente una obligación mayor de coherencia frente a los principios que esa causa defiende.
Una designación puede otorgar representación.
No puede otorgar autoridad moral.
Ésa se construye de otra manera.
Se construye siendo congruente cuando nadie está mirando. Estando presente cuando no existen reflectores. Entendiendo que defender periodistas no significa solamente participar en reuniones donde se discuten mecanismos, protocolos y políticas públicas. También significa reconocer al compañero concreto que tenemos enfrente cuando necesita respaldo.
La escena de aquella mesa terminó siendo, por eso, profundamente paradójica.
Mientras se discutía qué deben hacer las instituciones para no dejar solos a los periodistas, María Antonieta Herrera recordó lo que significa sentirse sola dentro de una historia que había comenzado acompañada.
Las autoridades tendrán que explicar lo suyo. Habrá que saber cómo prescribió el expediente, qué diligencias se realizaron, cuáles quedaron pendientes y por qué una persona que se consideraba agraviada sostiene que ni siquiera fue notificada adecuadamente sobre el desenlace de su asunto.
Pero ésas son preguntas para las instituciones.
Existe otra que solamente puede responder Ana Luz Solís.
¿Qué pasó con tu compañera?
Porque representar periodistas dentro de un Consejo Estatal de Protección es una responsabilidad importante.
Defender la libertad de expresión también.
Exigir solidaridad cuando un compañero enfrenta al poder es indispensable.
Pero ninguna credencial, nombramiento, consejo o discurso puede sustituir aquello que constituye el principio más sencillo de todos:
no dejar solo al compañero cuando llega su turno de necesitarte.
Según María Antonieta Herrera, ella necesitó una declaración.
La declaración de Ana Luz no llegó.
Ahora que sabemos que quien guardó aquella palabra representa a periodistas dentro de un organismo creado para protegerlos, la pregunta ya no solamente permanece.
Pesa mucho más:
Ana Luz, ¿qué ocurrió para que una compañera con la que compartiste aquel problema terminara esperando una solidaridad que, según ella, nunca llegó?









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